lunes, 13 de noviembre de 2017

Una nueva vida: Singapur.

Vale, esto es un blog de viajes. Pero es que estos primeros días en nuestra nueva vida han sido exactamente eso, un viaje. Omitiré pues los detalles relativos a las dificultades del visado, de los agobios de última hora, de las duras despedidas. Porque según se iba acercando el momento de marchar, las lágrimas querían salir. Llevábamos toda la vida viviendo en un estrecho margen de 50 km y ahora nos hemos ido a vivir lejos, muy lejos.

Singapur. Aún resuena en mi cabeza cuando nos lo propusieron. Mi ma. Que esto no era irse a algún punto de Europa. Era irse a 12.000 km de distancia, dejar lejos a la familia y amigos y meterse de cabeza en una nueva vida. De cero. La gente nos decía "que valientes sois". Yo siempre les repetía lo mismo. Valiente es el que coge lo poco que tiene y arranca. Valiente es el que no tiene más remedio que cruzar el mundo para poder dar de comer a su familia. Lo nuestro era muy fácil. Me voy con la misma empresa para la que trabajo y me dan muchas facilidades. Lo nuestro es, simplemente, una aventura controlada. A todo el mundo le decía lo mismo, que esto era como hacer puenting. El 99,9999999% de las veces la cuerda no se rompe, es adrenalina pero controlada.

Y así, hace una semana exactamente, nos despedimos de la gente, guardamos nuestros bártulos y salimos camino al sudeste asiático. Tenemos toda la intención de hacer un blog sobre el día a día de un expatriado aquí, pero veremos en donde queda eso. Buscando información sobre los pasos a dar en Singapur he visto realmente muy poco en español y no demasiado en inglés, así que espero que algún día lo que pongamos sirva de ayuda. Pero no es la intención con la que escribo hoy, si no la de contar unos días de viaje, obviando todo lo demás. Comencemos.


Salimos de Coruña un lunes por la tarde. Con Vueling. Sí, es que no aprendemos. No hubo otra opción por la premura con la que conseguimos los billetes. Y como no, nos la liaron. Se acabó el sitio en cabina y una de los equipajes de mano iba directo a Singapur. ¿Seguro que lo mandáis directo?, les dije. Sí sí, me dijeron. Pues no, se quedó en Londres. Pero bueno, fue un mal menor porque teníamos una maleta de mano no indispensable (excepto para caso de catástrofe). Al final llegar, llegó. Dos días después. Tras tener un plácido vuelo a Londres, estuvimos casi cuatro horas esperando en Heathrow por el vuelo de verdad. Trece horas después, muy cansados, llegamos a Singapur. Muy tranquilo este vuelo también, la verdad. Tras pasar por las vicisitudes de la maleta, pasar inmigración (ja) y demás, cogimos un taxi de siete plazas para llegar al apartamento. Salimos de Coruña a 12ºC y llegamos a Singapur a las ocho, ya de noche, a 30ºC. ¡Vaya cambio!

Esa noche dejamos todo en el apartamento y no fuimos a dar una vuelta por la zona. No teníamos sueño porque dormimos algo en el avión. No me suele gustar hacerlo, pero es complicado no aburrirse durante casi trece horas. El apartamento está en la zona de Orchard Road, que viene siendo la calle comercial más importante de Singapur. Y eso es mucho decir. Es una calle, no de tiendas, si no de centros comerciales. En uno de ellos, en la cuarta planta, está en Japan Food Town, un conjunto de restaurantes pequeños japoneses. Ahí paramos a cenar algo de ramen, uno poco de pollo frito, gyozas y takoyaki.



Al día siguiente, miércoles ya, nos levantamos y mientras gestionaba papeles, nos pusimos a caminar por la ciudad. Empezamos por un lado del distrito financiero y su estación más importante (Raffles Place) y desde ahí fuimos a la zona de los muelles del río: Clarke Quay y Boat Quay. Hacía sol y el calor y la humedad eran muy altos. Unos 31ºC y un 85% de humedad. Paseamos por el río hasta que hicimos una comida rápida para seguir por el otro lado. En Clarque Quay hay una zona de marcha que tenía pinta de estar a tope por las noches pero que a las tres de la tarde estaba desierta. Desde ahí fuimos al Merlion, la estatua más famosa de la ciudad, mitad pez, mitad león. Ya era necesario sentarse al menos un rato. Mientras estábamos allí unas chicas chinas nos pidieron hacerse una foto con Cloe, que les parecía lo más bonito del mundo (con buen criterio, que vamos a decir). Estas cosas me habían advertido ya que eran lo más común en algunas zonas de asia y ya nos pasó el año pasado en Japón también.



Tras descansar segumos caminando por toda la marina hasta llegar al Gardens by the bay, pegaditos al famoso Marina Sands. Ese que sale siempre en Callejeros Viajeros, el que tiene una picina en el tejado y el tejado une tres rascacielos. En los jardines estuvimos paseando un rato y son muy impresionantes. Fuimos con Cloe al parque infantil que tiene dos zonas. Una es para que los niños se mojen y chapoteen y la otra es un parque de aventuras. Mil sitios para trepar, toboganes espectaculares, y mucha diversión. Terminamos cenando en un café del parque, en el que Cloe cayó rendida. No es para menos, había caminado casi 8 km nuestra campeona.

Tras despertase un poquito, fuimos a ver los jardines iluminados de noche. Son una preciosidad. Pena que no dejasen subir a la plataforma más tarde de las ocho y media de la noche. No le encuentro mucha explicación porque las luces se encienden a las siete y algo, así que dejar sólo una hora y media de noche para verlas iluminadas desde arriba me parece un error. Quien sabe, quizás sea cosa de que quieran que te dejes el dinero en el casino de al lado en vez de estar allí. Ahí acabó el día, con Cloe en el colo rendida y todos de camino a casa. Al día siguiente había que ir a trabajar.

Jueves. Mi primer trabajo en un rascacielos y conocer a una nueva compañera de trabajo. Bea y Cloe se quedan por el centro dando vueltas por los centros comerciales subterráneos (hay kilómetros, literalmente). Llueve, y mucho. Estamos en temporada de lluvias y aquí cuando llueve, llueve de verdad. Poco que contar de este jueves, la verdad.

El viernes al salir de trabajar bajamos de compras con Cloe. Queríamos comprarle algo para que se lo pasara bien así que estuvimos por el centro de Orchard flipando con la arquitectura y con que ya estuvieran encendidas todas las luces de Navidad (una central eléctrica, luz arriba, luz abajo) y que se escuchasen villancicos en cada tienda. Cenamos en un café japonés en el que lo que más apetecía era tomar los postres de matcha. Aquí me gustaría comentar que en este país tienen mucha admiración por los productos japoneses. Hay restaurantes de comida japonesa en todos lados, los supermercados tienen una sección de comida japonesa, hay tiendas que son sólo de productos de allí. Para ellos es sinónimo de calidad y se nota. Para nosotros, con lo que nos gusta la comida japonesa, es un placer. Tocaba descansar y que llegase el fin de semana.

Menudo fin de semana, mi madre. El sábado nos levantamos algo tarde. Yo estaba muy muy cansado y se ve que las niñas también. Se nos hizo algo tarde por vicisitudes del destino y nos fuimos a pasar la tarde al museo de arte y ciencia de Singapur, el ArtScience Museum. ¡Que gran elección!



No soy nada fan del arte moderno, pero este, este demostraba lo que se puede hacer para llegar a la gente. Según entrabas en la exposición había un tobogán, sin límite de edad, para grandes y mayores. Sobre él, una proyección de grutas y animales. Al tirarte, iban explotando, haciendo sonidos y luces según chocabas con ellas. Cloe alucinaba. A continuación, había una superficie en la que, moviendo unas formas, se modificaba el paisaje y como se comportaban diversos medios de transporte. Sencillo, pero a Cloe le gustó mucho.

La estrella de la exposición era un muro donde se proyectaba algo. No lo entendíamos muy bien al principio, hasta que nos dimos cuenta. Había unas plantillas para escoger. Un bus, un ovni... y un mogollón de ceras para colorear. Hacías tu diseño, lo llevabas a un lado de la pantalla y lo escaneabas. Así tu dibujo aparecía en la pantalla y comenzaba a moverse de un lado a otro, en 3D.


Imaginaos como se queda una niña de cuatro años cuando ve, en una pantalla gigante, su autobús con su nombre. Siguiendo con la diversión, había un sitio con pelotas inchables de colores, que cambiaban de color al golpearlas. Aquello parecía sacado de jackass, con todo el mundo dándose guarrazos con ellas y pasándoselo bien. Niños y adultos. Todo el mundo feliz.


Para rematar, una instalación que nos pareció preciosa. Tiras de leds, espejos y música. Todo en conjunto para que todo el mundo hiciera "halaaaaaaaa". Cambios de luz, brillos, oscuridad, música. Me quedaba el día entero ahí, pero ya estaba cerrando. Echamos un ojo a los otros dos pisos, pero las exposiciones eran mucho más pequeñas y sosas. Aun así, volvería mil veces ahí, y con la niña no os digo. No había pase anual, pero nos hicieron el precio para residentes, así que no fué muy caro. Desde ahí nos dimos un paseo por la zona del centro comercial del Marina Sands.


Paramos en la sucursal singapurina de Hamleys y le cogimos a Cloe un juguete. Ha dejado muchos en Coruña por su propia voluntad y hay que comprarle alguno aquí para que juegue y se divierta. Cansados, paramos a cenar comida japonesa, again. Esta vez la estrella fue un bol de arroz con sashimi y huevas de salmón. Para rematarlo tenía por encima huevas de erizo como para parar un tren. Casi me levanto y aplaudo.

El domingo nos levantamos algo antes. Desayunamos/Comimos en una panadería al estilo europeo. Unos sandwiches de roast beef y una salchicha con hojaldre. Todo salud. Pero es que lo que nos esperaba era una buena caminata y requería calorías. Nos fuimos a los Botanic Gardens, un parque inmenso.


El parque mide unos 2,5 km de largo y está dividido en varias zonas diferenciadas. Es uno de los tres parques del mundo que son patrimonio de la humanidad, lo cual dice mucho de él. No tengo palabras para describirlo. Su variada vegetación, su zonas verdes amplias, su anfiteatro natural donde escuchar conciertos sobre la hierba...




Destaca sobremanera su jardín de orquídeas, lo único de pago del parque. Son sólo 5 SGD (unos 3€) y merece muchísimo la pena. Te puedes pasar horas viendo cada uno de los tipos de ellas y eso que hay una parte en mejora que estará en obras hasta el 2019.



La idea era acabar la tarde en el parque infantil que hay al otro extremo de los Botanic Gardens, el Jacob Balla's Childrens Garden. Por el camino nos encontramos una feria infantil con actividades, música, juegos y comida. Lo malo es que como llovió mucho por la mañana, el campo estaba algo embarrado. Seguimos al jardín y la verdad es que mola mucho. Hay muchos recovecos, con actividades diferentes. El parque no es sólo un conjunto de juegos infantiles si no que está dedicado a enseñarles a los niños la ciencia sobre las plantas y los animales. Si vuestros niños son capaces de soportar el calor de Singapur, es un lugar para ir sin dudarlo un segundo. Todo el parque, no sólo la parte infantil, les va a alucinar.

Terminamos el día del domingo, muertos de cansancio, repitiendo lugar para cenar. Es triste que con la cantidad de sitios que hay aquí, innumerables, repitamos sitio. Pero es que estaba todo muy rico y nos queda al lado de casa. Así que nada, a volver a cenar comida japonesa.

Como comenzaba la entrada, aún nos sentimos turistas. Salvando que voy a trabajar, lo que hacemos es más turismo que otra cosa. No nos preocupamos de tener la nevera llena, no cocinamos, no limpiamos (el primer mes estamos en un apartamento con limpieza)... Os seguiremos contando sin duda, sea en este blog o en otro, nuestras aventuras por esta remota zona del mundo.





domingo, 29 de mayo de 2016

Al otro lado del mundo: Día 18 (y 19) - El accidentado viaje de regreso

Nos levantamos a primera hora en Tokio despidiéndonos de la ciudad. Y cuando digo primera hora es a las seis menos cuarto. El vuelo salía a las 8:50 así que había que estar con mucho tiempo en Haneda para pasar todo el proceso. Cogimos el monorail y hacia allí nos dirigimos, raudos y veloces. Tras pasar el aburrido proceso de todos los aeropuertos y pasar por aduanas y entregar los papeles del tax free que realmente ni miraron para ellos (debe usted justificar que saca los objetos comprados de Japón, decía el texto del documento) nos subimos doce horas y 15 minutos a un avión bien grandote,






El vuelo, poco que contar. Sinceramente mucho mejor para mi gusto JAL que British. Mejor comida, mejores asientos, más sitio, más cuidado todo... Quizás lo único mejor de British es que había más entretenimeinto para elegir, pero a la hora de la verdad ni miré para él. Ahora mismo, con cable de electricidad nuestro tiempo se repartió entre la 3DS, el PC y la tablet. Pero por mucho que te quieras divertir, 12 horas son muchas horas. Llegamos a Londres cansados y con ganas de llegar a Coruña. Pero ete aquí que la mala fortuna (y Vueling) se cebó con nosotros. Teníamos 4 horas para hacer el trasbordo. Esas 4 horas se convirtieron en 5, luego en 7, luego en... Así, aburridos en un aeropuerto, sin poder ir a ningún lado y muertísimos de sueño. Así nos dieron las 8 y ahí cancelaron el vuelo. Nos fuimos al mostrador de ayuda de las aerolíneas y nadie de Vueling. Al final hablamos con la chica de la aerolínea del mostrador de al lado y esta nos dijo que ya había llamado al de Vueling (que ni era de Vueling, era subcontratado). Lo volvió a llamar para meterle prisa y al cabo de un rato allí estábamos haciendo el papeleo de un hotel. Finalmente nos dieron tickets de bus para llegar al hotel, habitación, cena en el hotel y desayuno.

Al día siguiente, tras dormir, de vuelta al aeropuerto. Nos habían dicho que salíamos a la una, así que llegamos a las once, sin prisas. Allí facturamos a eso de las 12, después de estar más de una hora de cola y oootra vez a pasar el control de seguridad. Y oootra vez el vuelo retrasado. Nos dan unos vales de comida por valor de 14 libras por cabeza. Con eso nos fuimos a comer a un restaurante del aeropuerto y pasamos algo el rato. Luego nos dicen que vayamos a la puerta de embarque (a eso de las 5). Nos meten en la puerta de embarque y una vez allí nos vuelven a marear y nos dicen que hay que esperar a que llegue la tripulación que viene de Barcelona. Otra hora y pico más de espera. Embarcamos, nos meten en el avión y nos dicen "oye, que vamos a tardar un rato que hay que repostar". El avión llevaba allí dos horas y se acuerdan ahora de repostar. De chiste. Pues venga, a esperar otro rato. Al final, llegamos a Coruña a las 22:30, unas 26 horas más tarde de lo previsto, muy muy cansados y con ganas de dormir.

Fue un final un tanto amargo para un viaje muy divertido. Volvermos a Japón, sin duda. Todavía tengo un par de entradas en las que contaros algunas cosillas que nos llamaron la atención en el viaje. Próximamente

Al otro lado del mundo: Día 17 - Último día en Tokio

Mereció la pena. Ayer nos acostamos algo tarde preparando las maletas. Son ya muchos días durmiendo 6 horas a lo sumo y eso pesa muy mucho en el cuerpo, que uno se hace mayor y pasa lo que pasa. Así que hoy madrugamos. Dejamos la casa de Kioto y nos fuimos a coger el tren dirección Tokio. Nos ha quedado tanto por hacer, tantas cosas por ver, tantas cosas buenas (y malas) que este país tiene que ofrecer... Nos despedimos de la casa tradicional y cogemos un Shinkansen destino Tokio.

El tren venía de Osaka y no teníamos el asiento reservado, así que vamos a los vagones nos reservados. Queremos, en la medida de lo posible, ir juntos. A los asientos del Shikansen, como ocurre en muchos trenes, se les puede dar la vuelta e ir cuatro (o seis personas) enfrentadas, para así ir todos charlando. Nos dividimos entre dos vagones para tratar de coger algo así. Chema y yo vamos en uno y Marcos, Cloe y Bea en otro. Chema y yo entramos y no damos cogido si quiera tres sitios juntos. Marcos viene a llamarnos, Bea ha cogido "algo así". Llegamos y nos encontramos a Bea de cháchara con un señor de aspecto inglés de unos setenta años, que había girado una zona de seis asientos. Esto me lleva a pensar que el señor quería conversación en el viaje y lo había hecho para ver si la conseguía. Yo quería dormir un rato, pero la verdad es que no me arrepiento de no haber dormido. Siempre me parece interesante conocer gente, y más si tiene historias que contar y una vida interesante. Jhon, que así se llamaba, había sido funcionario y sindicalista en UK. Era de Hull, en el nordeste. En un momento de su vida se puso a navegar y terminó de instructor de navegación. Estuvimos hablando un poco de todo. Sobre política, sobre economía, sobre historia (llamaba a la revolución americana la revuelta americana). Hablamos sobre las influencias culturales inglesas, sobre su historia de invasiones y sobre su cercanía o no a la Europa continental. Esto nos llevó a hablar del referendum de abandono de la UE en el que él pensaba que deberían votar a favor de quedarse para poder influir en la política europea y que no les pase como cuando empezó la primera guerra mundial. Hablamos de viajar, de viajar con niños y sobre lo bueno que era para ellos. Hablamos del sudeste asiático y de lo que le gustaba el sur de Vietnam. Fueron casi dos horas de conversación muy amena en la que terminamos intercambiando correos y en la que prometió que nos ayudaría a descubrir cosas interesantes la próxima vez que fuéramos a Asia, por la que lleva moviéndose años. No me arrepiento de no haber dormido, no, a pesar de que por la tarde estaba derrotado, a pesar de que este blog este siendo escrito en el avión y que ayer fuera un poco zombie. Pero viajar es también esto y a veces lo echo de menos. Además de que fueron dos horas de conversación en Inglés, que oye, habitualmente pago por ellas. Jhon se bajó en Yokohama y nos despedimos de él deseándole buen viaje.

Desde nuestra parada del Shinkansen nos fuimos a dejar las maletas al hotel. Nuestro primer hotel en Japón. Como mañana sale el vuelo a las 8:50 y habitualmente coger un apartamento para un sólo día no compensa, decidimos buscar un hotel muy cerca de Haneda. Este está pegado a la estación de monorail de Tenozu Island, a unos 15 minutos de la terminal internacional del aeropuerto. El hotel es un edificio moderno al que se accede directamente desde la estación. Hacemos check in y nos vamos a comer a complejo en el que está el hotel. Allí terminamos comiendo ramen y gyozas, algo muy tradicional y rico y por muy poco dinero. Comemos, algo cansados, y decidimos separarnos un rato por la tarde.


Bea, Cloe y yo nos fuimos al cruce de Shibuya. A Bea le hacía ilusión ir al Shibuya 109, un famoso centro comercial de tienditas de moda. Este centro comercial es conocido porque es un sitio donde la moda marca tendencia en la ciudad y luego eso influencia al mundo. Tokio es extravagante para muchas cosas, y la moda es una de ellas. Estuvimos un buen rato dando vueltas por el edificio. Lo malo es que las japonesas son pequeñas, muy pequeñas en general. Además de ser pequeñas son estrechitas y para más inri las tallas de las faldas y los vestidos suelen ser talla única. Para que luego nos quejemos de la esclavitud de las tallas en España. Aquí, en las pocas cosas que hay tallaje, una 38-40 es una L.




Mientras tanto, Marcos y Chema se habian ido a Akihabara y nosotros fuimos a junto de ellos cuando nos cansamos de pasear por Shibuya. Teníamos que acabar el viaje en el sitio en el que más veces hemos estado. El sitio de la cultura de la electrónica, los videojuegos y el manga. Teníamos que terminar el viaje volviendo a esta zona y comprando algunas bolitas en las máquinas de monedas. Bolitas llenas de llaveros, bragas para botellas, figuritas, chapas y cosas similares que por unos pocos cientos de yens engordaron un poco más la maleta y adornaron el carrito de Cloe. Volver a ver esas máquinas de recreativas y tratar (y conseguir) de coger algo en una de esas máquinas de ganchos. No os podéis imaginar lo populares que son en Japón, aún cuando lo más probable es que te salga más barato comprar las cosas. Supongo que es por la emoción que proporcionan, pero hay en Akihabara un edificio de cinco plantas de estas máquinas.


Terminamos cenando, derrotados, en una taberna japonesa en la tercera planta de un edificio. Allí comimos sashimi variado, un poco de calamar crudo con erizos, pulpo rebozado y frito, unos fideos y arroz en caldo. Un sitio normalito pero tampoco pagamos mucho. De allí ya toca coger otra vez la yamanote y el monorail. Nos vamos al hotel a terminar con las maletas y tratar de dormir, que mañana nos levantamos a las seis menos cuarto.

sábado, 21 de mayo de 2016

Al otro lado del mundo: Día 16 - Nara y Osaka

Otro día de calor. No nos quejamos, que va. Los peores días de viaje han sido los de lluvia. Tres días de lluvia en 16 días de vacaciones. Quejas al respecto, cero. Pero oye, cómo tiene que ser esto en verano que estamos a finales de mayo y llevamos varios días de calor con sensaciones térmicas por encima de los 30ºC debidos a la humedad. Pertrechados para evitar el calor y la deshidratación, salimos de Kioto en tren rumbo a Nara. Un par de trasbordos después (en esta ciudad muchos transportes requieren de transbordo) estamos en la estación de JR de Nara. Allí cogimos un pase de un día de bus y nos fuimos rumbo al templo de Todai-ji.

Nara es fundamentalmente conocida por sus parques repletos de ciervos. Es el símbolo de la ciudad y en ella verás mil cosas referenciándolos. En el parque hay a mogollón y hay señoras que venden galletas para darles de comer. Eso sí, hay que tener en cuenta que los ciervos no están domesticados. Están muy acostumbrados a la presencia humana, pero siguen siendo animales salvajes con lo que puede que muerdan, pateen o coceen y hay que tomar precauciones. Además, es muy frecuente que cuando te vean con galletas vayan a por ti. Yo vi como una chica soltaba las galletas y salía corriendo. Son ciervos pequeños y si te ven más fuerte que ellos y les plantas cara, es complicado que te hagan nada, pero nada de tomarlos como si fueran gatos.

Así que sí, les dimos de comer un ratito y empezamos a ver el plato fuerte, para algunos de nosotros, de Nara, el templo de Todai-ji. Tras pagar los 500 yens por cabeza de rigor (unos 4€), nos fuimos a ver el templo. Es una pasada de grande.



Las dimensiones ya son impresionantes para un edificio normal con esa arquitectura, pero siendo de madera es alucinante. El edificio se hizo para alojar dentro a una estatua de buda gigante.


Este edificio es una reconstrucción del siglo XVII y el original parece ser que era todavía más grande. Dentro del templo Cloe estuvo jugando con una nena de dos años que se llamaba Akane y alucinando a sus padres cantándoles la versión japonesa de "heads, shoulders, knees and toes" que ha estado aprendiendo en el viaje. Enamorados se quedan y alucinados de que podamos irnos 16 días de vacaciones tan lejos de nuestro país.


En fin, que salimos del templo con intención de ir a la parte comercial y antigua de Nara. Nos bajamos del bus donde nos dijo la de información turística con intención de buscar dónde comer y no vemos nada. Empezamos a caminar hacia un famoso templo del barrio y sí, el sitio estaba bien, mucha casa antigua, pero de sitios donde comer 0. Tiramos de información de internet y ya algo tarde encontramos un sitio que no cerraba al mediodía donde comer. Comimos anguila (la especialidad del restaurante), sashimi y tempura. Todo eso no venía sólo, claro está. Eran bentos que al final lo podríamos traducir por "plato combinado fino", que es lo que vienen siendo. Nada de comer una cosa sola, aquí son muy de acompañar todo con algunos encurtidos, una sopa (en este caso no era de miso), un poco de hidratos (llámense tallarines o fideos) y si se tercia algo más de pasta de arroz o ensalada. Salimos de allí y sí, allí pegado al restaurante había una zona comercial. Pequeños comercios donde encontrar un poco de te, algo de ropa tradicional y cosas similares. Desde allí ya nos volvimos a la estación de tren a coger el tren hacia Osaka.

De Osaka poco que contaros. Estuvimos al final sólo tres horas y media y es una ciudad para días. Eso sí, lo que la describe en su centro, contando que hoy era sábado, es locura.


Es una locura de ciudad. Muchísima gente. Muchísima gente comiendo fuera, muchísima gente de fiesta, muchísima gente compras. Muchísisima gente. Bandas tocando en el río, puestos callejeros, bares tamaño plaza de garaje, terrazas de medio metro cuadrado, clubes, calles oscuras sin aceras iluminadas sólo por neones, calles cubiertas de compras con grandes cadenas, gente muy arreglada por la calle. Gente. Mucha gente. Nos gusta mucho.





Damos una vuelta y ya nos tenemos que ir. Es lo malo de los trenes, no tienes la libertad del coche. Funciona muy bien en este país pero si te quieres quedar a cenar o salir en una ciudad que no es la tuya tienes que salir en serio y coger el tren de las cinco o seis de la mañana. Aquí eso no es lo normal, no se ni si habrá donde salir hasta tan tarde. Volvemos a Kioto en un tren bastante lleno pero practicable. Desde allí otra vez vamos al combini y cenamos de bentos. Un poco de todo. Mañana nos vamos de esta ciudad sin haber si quiera tocado con la punta de los dedos lo que tiene que ofrecer. Nos quedan tantas cosas por hacer... Templos que visitar, plantaciones de té, paseos por las montañas, comer sobre el río, pasear en serio por Arashiyama y ver los monos, recorrer con calma la ciudad. Pero no va a poder ser, de esta vez. Mañana volvemos a Tokio.

viernes, 20 de mayo de 2016

Al otro lado del mundo: Día 15 - Pabellón Dorado y Bosque de bambú

Hoy salimos de casa a coger nuestro primer bus en Kioto. Hasta ahora todo había sido tren y metro, pero hoy tocaba coger un bus camino del Pabellón Dorado. Desayunamos con calma, vamos a la parada y el bus va a tope. No entiendo la ventaja /lógica del sistema de buses japonés. Entras por detrás y sales por delante, que es el momento en el que pagas. En Kioto se paga en una máquina, a la que hay que meterle el dinero justo. Para ayudar a este proceso la máquina es también una máquina que cambia monedas. ¿Alguien lo entiende? ¿No sería mejor que la máquina diera cambio? ¿No sería mejor pagar al entrar? Además salir por la entrada es algo complicado, ya que el pasillo es más estrecho. Menos mal que ahora con la Suica lo pagamos todo, así que no tenemos mucho problema en el proceso. Eso sí, el bus iba a tope, menos mal que la mayor parte de la gente iba al mismo sitio que nosotros.

Llegamos a la zona del Pabellón Dorado y estaba atestado de turistas. Era un tanto agobiante porque, una vez más, el calor húmedo pegaba fuerte. Había muchas excursiones escolares y muchas excursiones de chinos y era un poco locura. La verdad es que es un poco rollo el mundo de turismo de masas en el que vivimos. Hoy recordaba lo que nos metíamos en España con los turistas japoneses que no paraban de hacer fotos en todos lados. Hoy, con los móviles, es así todo el mundo. Todo el mundo quiere hacerse esa foto delante el sitio. Check. A otro lado. Palos de selfies por todos lados (en el metro haya carteles que los prohíben), atascos y algunos malos modos (sobre todo por los encargados de las excursiones de niños japoneses que querían hacer la foto sí o sí). Estuvimos dando una vuelta y, la verdad, el Pabellón Dorado en sí mismo es muy bonito.







Es un sitio precioso, pero el ambiente no ayudaba a apreciar la placided que parecía emanar del lugar. Ojo, que el sitio nos gustó, pero me toca rajar. Además volvimos a asistir a los rituales idiotas de tirar dinero porque sí, en este caso era exactamente eso, tirar el dinero.


Me escapé un segundo cuando salimos para ir a un A-TOO. Los A-TOO son unas tiendas de retrojuegos de Kioto. La que está cerca del templo dorado es algo complicada de localizar, no por su ubicación, en plena Nishioji Dori, si no porque Google maps no la muestra en caracteres occidentales (debéis buscar por エーツー 金閣寺店). Allí localizo unas cuantas cosas interesantes. Ojo, esto es una tienda de segunda mano, así que la suerte depende del día. Desde allí nos vamos a Arashiyama. Caminamos hasta la estación de JR, y luego tren hacia la estación de Saga-Arashiyama. Bajamos del tren y nos planteamos alquilar una bicicleta. La bicicleta es la protagonista de todo la ciudad, pero en esta zona lo es aún más porque se puede ver muy rápidamente así. Lo pensamos pero eran las dos y algo y no habíamos comido y las bicicletas se devuelven a las cinco, así que decidimos no hacerlo.  Mito a desmontar, en general se puede comer a cualquier hora en Kioto. Puede que no puedas ir a un supersitio tradicional del averno, pero la mayor parte de restaurantes o tienen cocina contínua o cierran a las cuatro de la tarde. Paseamos hasta el propio pueblo de Arashiyama y allí comimos en un restaurante que básicamente tenían carne de ternera nipona o tofu. Punto. Así que tres de nosotros decidimos carne y el último decidió tofu. Bufff, todo muy muy bueno. La ternera venía con una salsa muy buena, poco hecha y con sopa de miso. El tofu se cocinaba en la propia mesa, con un fuego y en caldo. Venía con una cosa llamada piel de tofu en una sopa muy rica.


En fin, como reyes salimos del restaurante a pasear por el bosque de bambú. Allí estuvimos dando vueltas mucho rato. El sitio es precioso. Una vez más, no os lo imaginéis como en las fotos, porque hay gente. Bastante, pero no era un agobio a la hora a la que fuimos.



Paseamos viendo el bosque, es impactante ver este tipo de bambú y los cierres de los caminos.




A las cinco decidimos bajar de nuevo a la zona comercial de Kioto, que nos quedaban compras de última hora y el fin del viaje se acerca.

Bajamos a la zona de las calles cubiertas y nos dimos una vuelta por unos comercios que queríamos revisitar. Hicimos alguna compra y mientras el resto paraban a tomar un café me escapé hasta el otro A-TOO (este sí sale en google maps como A-TOO). Este es mucho más céntrico y ahí además de retrogaming hay figuras de segunda mano. Encontré otra de las cosas que venía a buscar, así que estupendo. Por el camino pasé delante de una tienda de manga y anime que tenía cinco pisos y dos de ellos dedicados al cosplay. Pena de falta de tiempo. Pues nada, cuando cerró todo nos fuimos para el apartamento, a cenar de bentos del supermercado un poco de pollo y unos bollitos y cenamos los tres por unos módicos 5€. Mañana más.


Al otro lado del mundo: Día 14 - Miyajima (día 2) y Hiroshima

Hoy tocaba madrugar. Último turno para el desayuno tradicional japonés: 8:30. Esta noche dormimos regular. En este país amanece pronto y no llevan muy bien en los sitios lo de cubrir las ventanas. Además dormimos en futón y como Cloe no pagaba dormíamos los tres en dos futones, que más bien son algo individual... En fin, quejas aparte, desayunamos en yukata. Como reyes si os gusta la comida japonesa. Tofu, arroz, caballa a la parrilla, tortilla japonesa, encurtidos, sopa de miso, té, un chupito de zumo de naranja y un poco de fruta.



Llenos fuimos a recoger la habitación y a dejar las cosas en recepción. Nos vamos a subir al Monte Misen, el punto más alto de la isla.

Caminamos hasta el teleférico, que no tenemos tiempo para hacer toda la subida andando.





Hace un calor sofocante por la humedad, estaremos a unos 28-29º pero la sensación térmica es muy superior. Cogemos dos teleféricos con unas vistas de aupa y llegamos a la estación.


Allí comenzamos lo que quedaba de ascensión. Ojo, como siempre, esto es a la japonesa. Comida no había mucha, pero máquinas de vending cada poco. Así que falta de líquidos no hubo. Y menos mal, porque sudamos mucho subiendo. Así que fuimos parando en algunos templos en la subida. Uno de ellos tiene una llama que lleva encendida desde el año 1200 y le llaman el templo de los enamorados.



En fin, que tras una dura caminata para todos llegamos a la cima y pudimos ver tooodo lo que rodea a la isla. Es una pasada. Nos quedamos un buen rato descansando y viendo la fauna local.



Algún que otro abejorro bien gordo, la primera avispa gigante japonesa, mariposas bien grandotas... Los bichos aquí son más grandes que en España. En fin, que comenzamos la bajada y tras un rato bien cansado (con Cloe ya en brazos) llegamos al hotel y recogimos los petates. Eran ya las dos de la tarde y nos dispusimos a comer.


Comimos en el pueblo y conseguí probar las ostras de la zona. Toda la zona de Hiroshima está llena de bateas de ostras, así que había que probarlas. Y manda huevos que los japoneses, que nos han enseñado lo delicado y maravilloso que es comer pescado crudo, cocinen las ostras. Pues así me tomé unas ostras cocinadas. Nunca lo había hecho y tal y como estaban hechas me recordaron un poco a los mejillones. Fue curioso, la verdad. Tras comer dimos una vuelta por el pueblo y paramos en algunas tiendecitas sin comprar nada. Salimos en el ferry camino, esta vez sí de Hiroshima.



Nos dirigimos en un tranvía hacia la zona comercial de Hondori. Allí dimos una vuelta y respiramos el centro de la ciudad. Se ve a Hiroshima una ciudad moderna, que remedio les quedó. Pero no se ve anclada en el pasado, si no que ves mucho movimiento, mucha gente joven y no se ven los agobios de Tokio. Pasamos, era casi visita obligada, por el monumento a la paz de Hiroshima. El monumento es, nada más y nada menos, que el único edificio en pié en la zona de la explosión de la bomba atómica. Ahí está, como recuerdo de una barbaridad. Caminamos hasta la estación y poco más que contar. Nos quedaba una largo viaje hasta Kioto. Tras muchos trasbordos de nuevo llegamos al apartamento. Esta vez paramos en el combini de turno (este de la cadena Fresco) y cogimos allí la cena y provisiones para el desayuno. A descansar. Queda ya poco del viaje y el cansancio acumulado hace mucha mella.