Hoy nos levantamos de nuevo sin portátil pero ayer reservamos hotel para tres días. En principio la idea era comprar un portátil hoy en Mulhouse (FR) pero al final pensamos que era mejor esperar y comprar el portátil en Totenham Court Road, donde seguro que hay mucho donde escoger y el windows al menos estaría en un idioma reconocible.
Así que remoloneamos un poco y nos fuimos a desayunar otro lujazo de desayuno del hotel de Gstaad. Dejamos las maletas listas para que nos las bajaran al coche y fuimos a darnos los últimos masajes. Yo probé por primera vez un masaje Thai dado por un tipo que parecía el señor Miyagui. Hora y media después tenía el cuerpo súper relajado. Bea optó por un masaje clásico de espalda y de pies. Salimos de Gstaad a eso de la una del mediodía camino de las cataratas del Rhein. Recorrimos la zona llana de Suiza que, sin ser fea, es mucho más industrial y más llena de suburbios que se podrían encontrar en cualquier ciudad centroeuropea.
Llegamos a las cataratas y tras pagar 5 CHF que vale el parking bajamos a pasear por el parque que las rodea. Paseando encontramos un restaurante que vendía salchichas para llevar, así que decidimos tomarnos un par mientras seguíamos caminando.
Las cataratas son impresionantes por la cantidad de agua que llevan y el parque que las rodea estaba lleno de árboles dorados y rojos, dando un aspecto otoñal a la vista. Pensamos en coger el barco que te llevaba a la peña que hay en el medio de las cascadas, pero ya se hacía tarde y desistimos.
Como todavía teníamos francos suizos tratamos de gastarlos e hicimos 30km para ir a Winterthur a buscar donde deshacernos del dinero en compras. Lo malo es que es sábado y en Suiza los comercios cierran muy pronto, a eso de las 17:00. Decidimos que cuando bajemos por Francia pasaremos por Suiza a gastar las divisas. Paramos a llenar el depósito (en Suiza es algo más barata que en Alemania) y compramos algo de comida en la gasolinera para cenar por si llegábamos demasiado tarde al hotel.
Partimos hacia el hotel de hoy en Grafenhausen, al sur de la selva negra (schwarzwald) . Tras 30 km por el medio de los árboles, ya anocheciendo, lleganos a un pequeño pueblo (tendrá unas 100 casas) y el GPS nos mandó directos al hotel. El hotel Landhotel Haringerhof es una chulada de hotel familiar, de madera, donde cuando llegamos vimos el comedor lleno de gente alemana comiendo. Así pues, subimos a la habitación que tenía un balconcito repleto de geranios y en el hotel se nos ofreció conseguirnos una mesa para cenar. Nos lo pensamos cosa de un par de minutos y al final decidimos aceptar y dejar la compra de la gasolinera para una mejor ocasión porque la pinta era fabulosa.
Bajamos a aventurarnos a decidir lo que cenar sin tener más que una leve idea de lo que ponía la carta que estaba completamente en alemán. Así, cuando vino la carta, ayudados por una guía de alemán de viaje, pedimos dos platos que no sabíamos a ciencia cierta que eran aunque teníamos una ligera idea. A mi me trajeron unos medallones de venado en su punto y a Bea un filete de cerdo con un corte extraño para nosotros (muy grueso) que tenía una especie de capa de pan rallado por encima aderezado con especias. Los dos tenían un acompañamiento de verduras (coles de bruselas, coliflor, brécol, col lombarda...) y a Bea le trajeron patatas fritas en un bol y a mi una especie de tortillitas redondas con puerro. Para bajar la comida yo pedí una cerveza y me trajeron una lager de la selva negra muy rica. Llenos como ceporros, tras tomar Bea una infusión
de menta, subimos a la habitación para acostarnos pronto y mañana más. La ruta, aquí.
Nos impresionó la dureza de la roca para aguantar semejante fuerza, que debido a las diversas rocas de la montaña, hacía formas tan peculiares como una de ellas, que tenía forma de sacacorchos. Tras bajar fuimos al otro lado del río para ver la última cascada desde allí meter las botas en el agua más pura que hayamos visto nunca. Vimos el comienzo de un camino de senderismo que nos atraía mucho, con un cartel con una traducción bastante curiosa,
y con un camino que subía escarpado con un cable de acero haciendo de pasamanos para no caer. Con pena prometimos volver otro año a esta zona de Suiza para dedicarnos a caminar por lasa montañas y hacer mil rutas de senderismo, empezando por la del glaciar del Trift, que tanta pena nos da.

Dimos la vuelta y cogimos el ascensor (que sube a toda leche) para subir a la torre de observación que hay a 100 metros sobre la estación, sobre un pico. En ella se puede ver todo alrededor de la estación y observar las montañas y la nieve.
Tras esto vino el plato fuerte, la caminata! Saliendo por un lado de la estación hay un sendero apto para todos los públicos (que puedan subir a 4000 m a 2ºC a pleno sol) por el que hacer un recorrido para llegar a un refugio y ver las vistas desde allí. Son 45 minutos, aunque nos llevó un poco más porque dimos un rodeo por otra zona que vimos que estaba pisada por las máquinas.
Subimos hasta el refugio y allí comimos unas barritas para reponer fuerzas sentados al borde de una caida de unos 100 metros sobre la nieve virgen, realmente el sitio más bonito donde hemos comido nunca!.
Bajamos disfrutando del aire puro (y de hacer fotos) para ir a la tienda de souvenirs a comprar postales y a enviarlas, que en la propia estación se pueden enviar las cosas y ponerles un matasellos de que las has enviado desde allí. La chica de la tienda cuando vio que eramos españoles se puso a arrancarse a hablar castellano (o español xD) como pudo y me hizo bastante gracia, la verdad.
Nos gustó mucho más que Interlaken, que si bien es bonito se ve muy turísitco. Thun se ve una ciudad residencial de nivel, con una zona de tiendas y una zona antigua, en la parte alta pegada al castillo llena de rincones apacibles donde sentarte bajo un árbol. Y como en todos los sitios de Suiza donde hemos estado, con muy muy poco ruido. Nos dimos una vuelta y como los supermercados ya estaban cerrados, nos fuimos al hotel a ver si allí nos daban de cenar. 











Nos dimos una vuelta como siempre, callejeando y comiendo... Nos pasamos por una pastelería y compramos un par de cositas impresionantes. Bea se zampó un macaron relleno con una mouse con fresas enteras. Yo me zampé una tartaleta pero ésta de souflé de manzana. Tras comerlas paseando por el mercado (donde lo principal erá lo ya comentado) nos fuimos a ver la catedral. La catedral de Saint-Front, de estilo bizantino y única en Francia hasta que inspiró al creador del Sagrado Corazón en París, es bastante austera en cuanto a su decoración interior. A nosotros nos gustó sobre todo un retablo gigante tallado en madera. Volvimos al coche y cogimos la carretera camino de Sarlat-la Canedá, reomendación que tengo que agradecer a Fini.
Segun giras la curva de la carretera por la que fuimos, te encuentras con una vista que te deja sin palabras. Las casas y el monasterio parecen colgando literalmente de la roca. Aparcamos el coche en la aparte baja y nos pusimos a subir el desnivel. Nos dimos un paseito por la calle que sube, llena como no de tiendas de souvenirs, restaurantes y hoteles.
